Alicante, un paisaje habitado
autores : frédéric bonnet & Marc Bigarnet
publicación : Europan III, resultados
editor : Europan España, Madrid, 1994

Alicante, un paisaje habitado
Recorrido imaginario de un habitante de un paisaje.
"El" vive en un paisaje. Es un hombre, una mujer, tiene 10 años, o bien 73. Es soltero, tal vez casado. ¿ Trabaja ?: jefe, empleado,...parado, jubilado o escolar. El es todo eso a la vez y no obstante es unico. ¿Nuevo ser en un nuevo mundo? Sin duda. Pero nuestro primero reto, ¿no es el de reconocer este el, inaprensible a pesar de existir como individuo?
Un paisaje habitado, imaginario.
Habita un paisaje de "lo imaginario". Alli reconoce para cada ritual un orden poético. Se para sobre un belvedere, se instala en un recinto, en una gruta, pasa por un valle o una calle, se recuesta contra las rocas a la sombra o bien encara el cielo y el mar. Estos lugares no tienen edad, ellos acogen cada instante de existencia, los "estados del habitar" del personaje.
Un paisaje habitado, idea de naturaleza.
El busca la naturaleza. La idea de la naturaleza: no el bosque ni la estepa salvages, sino sus fragmentos domesticados. Nuestro hombre aqui reencuentra eso que parece existir desde siempre, fuera de si mismo: la trayectoria del sol, los colores del cielo, las masas del zocalo telurico de la montaña, la cuesta por donde el agua escurre, las sombras de hojarasca, las flores en febrero, las fuentes en julio.
Un paisaje habitado, la idea del viaje.
El anhela tambien el horizonte. El paisaje que habita le narra las luces de un remoto. El es Español, ¿pero quiere decir Catalan, Gallego o Andaluz? Su paisaje esta en Alicante, pero contiene tambien, agazapado, los cascajos de la sierra, el frescor del norte y las acequias arabes. Erguido, sobre el peñon de Benacantil, encuentra a veces los principios del viaje.
Un paisaje habitado, la larga duracion.
El vive aqui, hoy. Pero adevina las edades de la ciudad, el paciente trabajo del tiempo. El paisaje habitado vive sobre un tiempo mas largo, y El sabe bien que el mismo en su trayecto jugara un papel en esta genesis continua. El encuentra en este paisaje los restos de guerras antiguas. Pero lo imagina tambien como un niño todo pequeño, pues sabe que cambiara.
Un paisaje habitado por unos rituales.
El esta en el interior. Tiene la cocina, la habitacion y el quarto de baño. El conoce estos espacios, los momentos del dia en que son habitados y lo que en ellos se puede hacer. Pero, eso no le basta. Estos actos son una suerte de ritos... Acostado, no solo duerme; sueña, lee, escucha -en un rincon, en el centro de una vasta sala, sobre el suelo, mas arriba, en la terraza...- Tambien se despierta, abre los ojos: ¿Que mira entonces? ¿tiene alli la luz, la musica, las palabras? ¿Ve el cielo, la sombra? Si se levanta, ¿que va a buscar?: ¿el silencio, o el barullo de la calle? ¿el frescor o quizas el bochorno? Y es aqui cuando El conoce lo mejor: todo los lugares donde de sus gestos nacen el placer o el reposo. Aqui busca la claridad o la penumbra; un lugar cerrado como un claustro o abierto como un "deck"; donde este aislado como en una cueva, donde interpelado como en una plaza. El inscribe en este paisaje sus ritos singulares. No quiere principios -un alojamiento todo transparente, todo pesado o todo ligero-. Su vecino; el niño de enfrente, el anciano de abajo preferiran, para la hora de almuerzo, la calor de la terraza, la sombra del recinto, el hueco de un ventana o la frescura de una pérgola. El mismo, segun el dia de primavera o invierno se sentara mirando a la calle, o en la penumbra de los paredes. Tiene sus costumbres, desde luego, pero estas son cambiantes, casi incomprensibles. Y El busca en todo momento la ligazon de los lugares de su paisaje, que el reconoce como familiares. El vive en poeta.
Un paisaje habitado; en la ciudad.
El sale. En cierto modo ya no se trata de lo mismo, si bien el paisaje que recorre es, en realidad, un continuo. Por supuesto, él sabe que aqui, en la plaza, nunca tomara una ducha, pero cada uno de los lugares, fuera de su casa acogen, tambien ellos, otros tantos rituales. El no sabe lo que quiere decir "transicion": en la calle donde se pasea, el patio donde se para, el hueco por donde pasa, el jardin donde suele chariar, la terraza donde juega, en estos lugares, tambien El habita. Reencuentra la sombra y la luz, el laberinto y el recinto claro, la roca, la piedra y el follaje. El remarca a buen seguro que su edificio es un poco diverso de los otros. Un poco mas nuevo, por ejemplo, ¿pero que sera de él dentro de algun tiempo? Puede ver hormigon donde su memoria situa el enlucido; la piedra ha tomado en alguna parte el lugar de la ceramica y las hojas de los datileros se despliegan en el cielo alli donde se perfilaba el hierro forjado de los balcones fragiles. Aun asi la escala es la misma, los ritmos, proximos; los jardines parecen fundirse por todas partes con los muros, y sus lineas ajustadas acompañan la calle. Una arquitectura ha tomado discretamente el puesto de la otra; el paisaje vive. El lo vive, pero solo reconoce una parte simplemente mas familiar, de la misma ciudad, la de los ficus, de los caminos a la catedral, desde los bulevares hasta las murallas del castillo.
Un paisaje habitado, sobre un territorio.
El se aleja. Deja la calle de las sombras, el amarillo de los euforbes y los quatro jardines de palmeras por el suelo de madera, la pérgola sobre el mar, las cuevas y los muros apoyados en la pendiente. Gravita la montaña, hacia el parque. Alli, donde las escalleras se visten de adelfas, sigue la ruta del valle. Rodea un jardin de piedra y asfodelos donde la lluvia derrama, como un dia en cualquier parte de Mayorca. Pasada la hermita de Santa Cruz por debajo de las terrazas, alcanza la colina donde puja desde ahora, plateado, un bosque de olivos. El a veces atraviesa un jardin de roca, piedras erguidas como para retener los escasos aguaceros. Sobre el rellano, un jardin crece, rectangular y plantado de pinos -como si fueran un doble del paisaje del lado septentrional del monte- ampara su reposo. El continua desde la sombra de los olivos hacia el torrente de sol; hasta el pie del castillo. En todas partes, desde el corazon de su alojamiento hasta la colina, los jardines y los muros le recuerden que El habita el mismo territorio. Tendra aun otros indicios, que tal vez no llega a discernir: la construccion de los edificios contemporaneos, utilizando las tecnicas disponibles en este lugar y en su tiempo. De la plaza del Carmen a los escarpamientos, todo le indica que atraviesa el mundo de Alicante. No es el estilo, la forma de las cosas, lo que se lo revela: es su esencia misma, profunda y casi intemporal. Pero este mundo no es cerrado. El paisaje que él habita abre su imaginar a otras historias: el mar es tambien el mar en Ibiza, la lluvia moja Tanger o Estanbul, las palmeras se curvan bajo el Mistral y, mas lejos, por las rafaàas del Monzon. El reconoce tanto mas aqui el zocalo y el cielo de Alicante que su mirada ya pierde, distraida, a lo lejos.
Un paisaje habitado, en un tiempo continuo.
El observa ahora la ciudad, desde de alto. Estan los tejados caoticos de la ciudad antigua, mas las torres, las largas avenidas. ¿Ciudad nueva? El adevina que entre las bloques mas recientes se desliza la trama de la historia, los pasajes, los colores del casco viejo. Sabe que nada de esto esta terminado, que llegara a haber otros recorridos, otras torres quizas. Y cuando baja la mirada a los alrededores de la plaza del Carmen, encuadra apenas su pequeño paisaje, diferente y parecido a la vez, comprendiendo que vera tambien la metamorfosis proxima de las casas intermedias. La ciudad antigua y la ciudad moderna toman cuerpo pareciendo una. Sus trazas cambiaran, pero quedara todo eso que El reencuentra en su paseo: el peñon, la pendiente, el sol, la sombra y la luz, los relatos de otros personajes que se cruzan, los hojas de los datileros, el descanso, el camino, las plazas y los jardines. Esta ciudad es nueva a cada instante, pero terriblemente constante. De otro lado, ¿es el el hombre nuevo de un mundo nuevo? Sin duda, no lee los mismos libros, ni trabaja o se divierte a las mismas horas, en los mismos lugares. Su famulia no es ya la de sus padres, el ritmo de sus dias es diferente. Podria casi trabajar en su propria casa. Pero El no se deja engañar: la aparente novedad esconde mal la paciente permanencia de su, de sus culturas. Y de este modo entra el en el paisaje que habita... Los ritos abrigados por sus lugares singulares varian bien poco: segun el individuo -¿se trata de el, de su hijo? - o el instante -¿es el verano?, ¿el crepusculo?- y a pesar de todo, sus ritos quedan. El escucha a veces. El paisaje le cuenta la historia del tiempo: lo importante no es que haya un inicio y una continuacion; lo importante es eso que desaparece para resurgir, y eso que permanece, fundacion. Ahi esta la Arquitectura. Del placer de lo efimero, El se encarga. |
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